A raíz del Sínodo de los jóvenes son muchas las propuestas dirigidas a quienes ya no son unos niños pero tampoco han alcanzado la plena madurez. Y aunque muchas de estas propuestas son aprovechables, lo que tenemos clarísimo, lo que sabemos por propia experiencia, es que es vital que los jóvenes tengan criterio para tomar las importantes decisiones que marcarán sus vidas.
¿Y qué mejor lectura para ello que El Criterio de Balmes?
El periodista y guionista Javier Navascués está de acuerdo con nosotros por lo que se deduce de este post publicado en Infocatólica:
“En El Criterio, Jaime Balmes, brillante pensador, filósofo y ensayista se empieza preguntando en qué consiste pensar bien. Es muy importante tener claro este concepto básico y más en estos tiempos en los que apenas se piensa y si se piensa se hace torcidamente.
Para Balmes el pensar bien consiste o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte caemos en el error.
Conociendo que hay Dios conocemos una verdad esencial, porque realmente Dios existe. Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de Dios y de las cosas creadas por Dios. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad?
Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que encumbrando conceptos y diciendo altisonantes palabras quiere dar lecciones sobre lo que no entiende.
Cuando conocemos perfectamente la verdad, nuestro entendimiento se parece a un espejo en el cual vemos retratados, con toda fidelidad, los objetos como son en sí. Cuando caemos en el error, se asemeja a uno de aquellos vidrios de ilusión que nos presentan lo que realmente no existe. Cuando conocemos la verdad a medias, podría compararse a un espejo mal colocado que refleja los objetos demudados, alterando los tamaños y las figuras.
Un buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay. Ciertos hombres tienen el talento de ver mucho en todo; pero les cabe la desgracia de ver todo lo que no hay, y nada de lo que hay. Una noticia, una ocurrencia cualquiera, les suministran abundante materia para discurrir con profusión, formando como suele decirse, castillos en el aire. Estos suelen ser grandes proyectistas y charlatanes.
Otros adolecen del defecto contrario: ven bien, pero poco; el objeto no se les ofrece sino, por un lado; si éste desaparece ya no ven nada. Estos se inclinan a ser sentenciosos y aferrados en sus temas. Se parecen a los que no han salido nunca de su país; fuera del horizonte al que están acostumbrados, se imaginan que no hay más mundo.
Un entendimiento claro, capaz y exacto, abarca el objeto entero; lo mira por todos sus lados, en todas sus relaciones con lo que le rodea. La conversación y los escritos de estos hombres privilegiados se distinguen por su claridad, precisión y exactitud. En cada palabra encontraréis una idea, y esta idea veis que corresponde con la realidad de las cosas.


