Mi planta de naranja lima es probablemente el libro más reconocido de la literatura brasileña en la segunda mitad del siglo XX. Basado en la experiencia autobiográfica del autor, José Mauro de Vasconcelos, narra la infancia de un niño, Zezé, uno de los hermanos pequeños de una familia numerosa pobre (padre parado, madre trabajando en una fábrica lejos del hogar) en un barrio carioca de Bangú. La imaginación desbordante del protagonista será la clave para sobreponerse a una realidad a menudo sórdida, junto con su amistad, primero con su arbolito de naranja lima, bautizado Minginho, y luego con algunos adultos que tienen la delicadeza de descubrir la sensibilidad de Zezé.
En Mi planta de naranja lima se abordan temas duros: aparecen, además de la sensibilidad y la imaginación como modos de hacer llevadera la realidad de la pobreza, los temas del maltrato infantil, de la depresión de los adultos, de la crueldad, de los prejuicios, de la muerte. Cuando se abordan estas cuestiones “desde la mirada limpia de un niño”, es frecuente caer en la cursilería, en el sentimentalismo barato.
No es para nada el caso. Vasconcelos logra, con una mezcla de sencillez nada afectada, sin cargar las tintas (a veces insinuando, dejando al buen entender del lector, más que mostrando al estilo naturalista) y de humor también sencillo, explicarnos una historia preciosa, creíble y entrañable, un logro literario de primera magnitud. El libro emociona, hace sonreír, nos hace pensar, es también un documento social magnífico acerca de la sociedad brasileña de la época, y casi me atrevería a decir que nos hace un poco mejores sin recurrir a la truculencia y tratando de temas graves de modo ligero pero no banal.
Mi planta de naranja lima no es sólo una de las grandes obras de la literatura brasileña, en su lograda sencillez y falta de mayores pretensiones es una de las grandes obras de nuestra época.



