¿Pero a quién le gusta el miedo?
Hay una secuencia en la película “Apocalypto”, de Mel Gibson, en la que dos grupos de personas se cruzan en medio de la selva: los primeros son hombres que vuelven de una cacería animosos, dicharacheros, orgullosos de sus presas; los segundos son familias que huyen temerosas, cautas, silenciosas y apenas susurran en dos frases las desgracias que les han acontecido. La secuencia es inquietante y una tensión inédita se apodera del espectador en aquella escena.
De vuelta a la aldea, el jefe de la tribu, atento al corazón de su hijo, observa que algo ha cambiado en él, ve que ha descubierto en esos rostros algo nuevo, algo que jamás ha experimentado… y le habla: “El miedo que has visto en esa gente del bosque pudre por dentro. El miedo es una enfermedad. Repta por el alma de quien lo contrae. Y ya ha perturbado tu paz… No te he criado para verte con miedo. Arráncalo de tu corazón. No lo lleves a la aldea.”
¡Qué bella expresión! “No te he criado para verte con miedo”. Puede ser la expresión de cualquier padre que ama a su hijo y, como aquel, quiere que viva sano también espiritualmente y desea que viva en paz, esto es, lo contrario de vivir con miedo. Porque el miedo roba la paz, secuestra la alegría, arrebata la esperanza; el miedo es una enfermedad que atenaza el alma.
El miedo es tal enfermedad, que Dios mismo amenazó con él al profeta Jeremías cuando intentaba escabullirse objetando que era solo un muchacho y tartamudeaba al hablar: “No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos”.
¿Será posible que alguien frivolice con una enfermedad? Solo un insensato -que la desconoce- o un soberbio. Halloween es la fiesta de esta frivolidad: es la celebración del miedo. Es la celebración del mal gusto, de la afición por lo escabroso, de la exaltación de la fealdad. Es la burla de lo trascendente, la parodia de la salvación. Halloween es el producto de una sociedad enferma, incapaz ya de belleza, incapaz de esperanza, incapaz de alegría… y que busca en estas emociones degradantes sentirse viva, porque está muerta.
A las calabazas desfiguradas, a las caras repugnantes, al truco-trato, a la frivolidad del miedo, al mal gusto… se lo opone aquel pasaje de Cristo andando sobre las aguas, entre las brumas del lago, que se acerca a sus discípulos asustados y con su voz amiga, mansa y misericordiosa les dice: “no tengáis miedo”.

Dios, remedio contra el miedo
No temamos; y no juguemos con el miedo, como no jugaríamos con una pistola cargada o con una navaja cortante. Volvamos sin embargo al joven Jeremías y escuchemos con él, pues también nosotros hemos sido ungidos como profetas, para que la voz de Dios nos envuelva y abandonando en Él nuestros miedos nos revistamos de su fuerza y de su luz cuando oigamos decirnos: “Cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país; frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo. Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.”




