Encender fuego en la tierra recoge las conversaciones entre el periodista John L. Allen y monseñor Robert Barron, obispo auxiliar de Los Ángeles, sobre cómo recuperra el vigor evangelizador en nuestros días.
Fernando Bonete Vizcaíno, director de El Debate de hoy, https://eldebatedehoy.es/
“¿Se imaginan a un obispo haciendo las veces de influencer? ¿Un obispo que se enfrentara cada semana a las preguntas más delicadas y controvertidas sobre la Iglesia desde su canal de YouTube o su perfil de Instagram Stories, que apareciera en las tertulias políticas y sociales más belicosas de la televisión y que se ofreciera a entrevistarse con reconocidos y mediáticos ateos…? No hace falta que se lo imaginen, ese obispo mediático existe, y no es popular por su capacidad de polemizar ni por su promoción de grandes obras sociales, sino por su habilidad de presentar el Evangelio de una forma absolutamente moderna y rigurosa a un mismo tiempo: les presentamos a monseñor Robert Barron, protagonista de Encender fuego en la tierra.
Obispo auxiliar de Los Ángeles desde 2015, su proximidad geográfica a la meca del cine no parece accidental: bishop Barron, nac
Barron no se amedrenta ante los escépticos, y desde su plataforma comenta en primera persona las declaraciones pronunciadas por destacados representantes del Nuevo Ateísmo (Stephen Fry, Bill Nye, Christopher Hitchens) y el contenido de las últimas ediciones de los late nights shows de éxito (Real Time With Bill Maher, entre otros), llegando a participar en foros como Talks at Google. Una actividad, un carisma y una personalidad atrayentes, pero sobre todo, eficaces para establecer un diálogo desde y hacia la cultura. Porque se trata de recuperar la cultura, fundamento de toda sociedad, en un mundo que, reconozcámoslo de una vez, avanza inexorablemente hacia su secularización.
Atraer a los indiferentes
De todo lo anterior da cuenta por extenso el libro Encender fuego en la tierra. Anunciar el Evangelio en un mundo secularizado, compendio de las conversaciones entre monseñor Barron y el periodista norteamericano y vaticanista John L. Allen. Una lectura provechosa y necesaria por dos motivos principales: primero, porque nos permitirá obtener un completo perfil de la figura de monseñor Robert Barron y comprender cómo ha logrado situar el mensaje de la Iglesia católica en una posición de relevancia en los medios sociales y frente a toda una nación; segundo, porque servirá para para conocer y adoptar nuevas formas y mensajes para avanzar en ese delicado arte que es la evangelización.
Porque la clave de esta obra no es la hagiografía de Barron, ni mucho menos; la biografía es una excusa para introducir los métodos que tanto éxito han procurado a la difusión del catolicismo en Estados Unidos, actuando en realidad como excelente guía para una verdadera nueva evangelización. He ahí la pericia de John L. Allen, quien hila con acierto y soltura periodística las declaraciones de Barron, eje articulador de la obra, con la interpretación de sus palabras en el contexto de la Iglesia y la sociedad de hoy, componiendo un conjunto asequible para que todos podamos comprender y aplicar los métodos de una evangelización que tiene como público objetivo a los indiferentes y como carta de presentación la belleza del cristianismo.
La indiferencia es, por definición, el estado de ánimo por el cual una realidad, en este caso la fe, no despierta interés o afecto. A las personas inmersas en esta situación de tibieza, desgana y desinterés, no se las gana desde el aleccionamiento ético, reprendiendo sus faltas, y aleccionando desde una presupuesta superioridad moral del Catecismo. Se las interpela confrontándolas con un gesto sorpresivo, desde el asombro que para monseñor Barron trae consigo la belleza: el arte sacro en sus múltiples formas, las grandes obras de la literatura teológica, producciones audiovisuales en su experiencia estética y epifánica; también la belleza de los gestos humanos, de los cuales el papa Francisco es un maestro.
La belleza como recurso para picar la curiosidad, como introducción a la que pueden seguir después la bondad y la verdad del mensaje de la Iglesia; la belleza como forma de recuperar lo esencial del cristianismo y centro del discurso en los medios sociales, para alejarse de debates manidos y discusiones éticas eternas, sin solución ni conversión. Eso sí, una belleza respaldada por el conocimiento de la doctrina, por el estudio, la lectura y la formación catequética, en la que no cabe rebajar el nivel para convertirla en gozo facilón, y donde el ejemplo de la vida de los santos y el respaldo de la oración debe ser continuo e indispensable para el evangelizador. Una belleza exigente, y por ello, si cabe, más interesante.



