El último libro de Scott Hahn se titula La esperanza de morir. Un título que puede dejar perplejo a primera vista. Luego, en el subtítulo, se aclara: “el sentido cristiano de la muerte y resurrección del cuerpo”. Porque la clave no está tanto en la muerte como en la resurrección, en la vida después de la muerte, y no una vida espiritual, sino una vida en tanto que personas, esto es, en tanto que cuerpo y alma. La resurrección no es una manera de hablar ni un símbolo, sino algo muy concreto que incluye la resurrección de nuestro cuerpo, la resurrección de la carne.
Hahn sigue mostrando en este libro las virtudes que le han convertido en un autor seguido por múltiples lectores. Es ordenado, sistemático, tiene claro hacia dónde va, es sólido en sus afirmaciones y escribe para que se le entienda, sin pedanterías e introduciendo algunos ejemplos muy gráficos.
En este caso aborda la importancia del cuerpo como parte integral de la persona y, aún más, como “sacramento” de la persona por el cual nos revelamos, la esperanza de resucitar, su vinculación con la Eucaristía en la que se hace presente el cuerpo resucitado de Cristo y lo que sabemos sobre cómo serán nuestros cuerpos glorificados, para acabar abordando la cuestión del modo en que la Iglesia nos enseña cómo enterrar a nuestros muertos.
El libro es rico en pasajes felices, que nos pueden enseñar algunas verdades de gran relevancia para nuestra vida o que nos pueden ayudar a comprender mejor nuestra fe y nuestra esperanza. La cuestión final es de peso: ¿por qué son cada vez más los cristianos que incineran a sus seres queridos? Si algo distinguía a los cristianos en esta cuestión era precisamente que inhumaban a los fallecidos. ¿Por qué? Pues porque el cuerpo, como parte integral de nuestra persona y como templo del Espíritu Santo que ha sido merecía un trato especial, no entregarlo a las llamas y convertirlo en cenizas, como si fuera una cáscara que tras la muerte ya no tiene mayor importancia. Así fue hasta los años 60 del siglo pasado, cuando, a pesar de seguir recomendando la inhumación, se permitió en determinadas circunstancias la incineración. Para Hahn, que recalca que no está juzgando a nadie por algo que la Iglesia permite, con todo, es un mal síntoma, que aunque permitido, nos lanza un mensaje, casi sin darnos cuenta, que no es el de nuestra fe. Sus argumentos son sólidos y merecen una reflexión.



