En su último libro, Juana y los posthumanos o el sexo del ángel, Fabrice Hadjadj nos traslada a la ‘Democracia Mundial’, un régimen político fundamentado en el rechazo de la carne y la exaltación de la voluntad. Las diferencias de los sexos ya son sólo aparentes, las relaciones humanas no se dan sino en el ámbito de lo virtual y el coito ha sido abolido, sustituido por un programa tecnológico que conecta a miles de personas y que permite explorar el universo entero del goce.
En esta pieza teatral, que es un retrato de la dictadura entre gnóstica y eugenésica que está por venir, el lector español se encontrará con un Hadjadj sublimado. En cada frase, en cada párrafo, en cada página, en cada acto, ese estilo fresco y ágil tan característico en él aparece entreverado de una causticidad más lírica que de costumbre. Lo exige, quizá, el género literario elegido: Hadjadj no expone aquí su filosofía abiertamente, sino a través del drama de unos personajes tiranizados por un sistema que se cimienta sobre la negación de la naturaleza humana.
Como ya se ha señalado, en la ‘Democracia Mundial’ el sexo no es sino la reminiscencia de un tiempo superado. Se ha desligado plenamente de la procreación y se da fundamentalmente en lo virtual, a través de una especie de plataforma llamada Playbox.
En este contexto, Joan D´Ark, impelida por la voz de un misterioso ángel, se acuesta con su compañero de trabajo Valentin 608. Conciben, de ese modo, una pequeña criatura. La acción es delictiva, pues en la ‘Democracia Mundial’ los hijos se producen tras una exhaustiva planificación, no se engendran.
Durante el interrogatorio posterior al crimen, Joan sugiere el sentido de la enigmática petición del ángel:
«El ángel me dijo
Que el niño sería perfecto,
Que sería una señal de gracia
Para los hombres de nuestro tiempo».
Pero resulta que el niño no es perfecto, que Valentin 608 y Joan d´Ark han concebido a un ser deforme. ¿Cómo comprenderlo? ¿El retoño no debía ser acaso una señal de la gracia? Quizá su desproporción responda precisamente a esa exigencia. En una época en la que se fabrican seres humanos sin mácula física o intelectual, un niño ‘perfecto’ es aquél que recuerda la imperfección de la carne y las bellísimas limitaciones del ser humano; es aquél que recuerda que la gracia sólo actúa en quien previamente ha reconocido su miseria.






